Testimonio del Hno Victor Cartes

Congragado en la Congregaciòn Diamante prodigioso de Luque.

Que la paz del Senor JesusCristo sea en cada corazòn. Amén.

Figurar en la historia de una nueva era de la cristiandad y dejar un legado de confirmaciòn

de la existencia de Dios, a generaciones venideras, siempre fuè mi mayor

anhelo, como lo hicieron los profetas Daniel, Josuè y otros y en especial San Pablo,

quién me ha inspirado de servirle al Señor.

Siendo niño, conocì el sabor amargo de crecer sin un padre y cohibido de pronunciar

esa hermosa palabra “papà”; no me acuerdo cuando mis padres se separaron,

pero sì, de un momento dificil polìtico y social en la Argentina, por cuya causa mi

madre nos enviò al Paraguay.

Eramos dos varones y dos mujeres, fuimos separados en diferentes ciudades, en

casas de parientes, y el ùnico que no encontrava un lugar donde acogerse era yo; es asì

que engañado por una tia, que ivamos de paseo, me dejaron en la casa de mis abuelos

maternal; engañado digo porquè a mi nadie me preguntò si era mi voluntad; con apenas

seis años sentì que mi corazòn se partìa en mil pedasos de tristeza y dolor, tràs

varios dias de llanto la calma me abrazò.

Mis abuelos eran franciscanos y fieles en su devociòn; es asì que, guiados por

ellos, muy pronto me integrè en esa creencia.

Luego de varios meses, mi abuela con sabiduria me explica mi situaciòn y con

una voz calmada me hablò: “Asì es la vida, hay veces que nos toca lo màs dificil, en

apariencia, pero con Dios, no hay dificultad; no te angusties tanto, El siempre estarà

contigo en la hora de soledad”.

Y continuò: “Aquì tengo en mi mano dos medallas: una de San Francisco, otra

de la Virgen Maria y una estampa de Jesucristo; entre estos tu elegiràs, uno, que te

sirva de ayuda en horas inciertas; no dudè un instante en tomar la figura de Jesucristo”.

Y ella me mirò y me dijo: “Desdè hoy el serà como tu padre y el te guiarà”.

Esta estampa me acompaña fielmente hasta hoy, ese dia con mi inocencia de

niño, tomè un pacto con Jesucristo: “Considérame hijo tuyo, como padre te tendrè” y

le roguè: “Guarda y cuida a mis hermanos que lejos estàn de mi, no permitas, que nada

malo les suceda”.

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Agradezco a mis abuelos por darme una buena educaciòn y por sobre todo por

enseñarme el respecto hacia Dios. Luego de muchos años Dios permitiò que mi

familia nuevamente se reuniera en un hogar, yo curzaba el segundo año de la

Academia militar; nuestro hogar era un calvario, porquè no habia comprensiòn. Yo

pienso porquè tal vez tuvimos diferentes educaciòn y faltaba el amor, todos los dias,

pelea, entre hermanos, y mi madre cayò en depresiòn y por tal situaciòn la medicina

no podia faltar.

Aprovecho esta narraciòn para agradecer de corazòn a mi madre que con toda su

enfermedad nunca nos hizo faltar nada y a todos nos brindò su amor. Es asì que en

aquellos tiempos, la noticia màs resaltante y que acaparaba la atenciòn, en las radios,

televisiòn y tapas de diarios, era un tal “Pueblo de Dios”; las cosas que se decìan prefiero

no recordar, como yo era celoso, por las cosas de mi padre, figura de Jesucristo,

sentìa una rabia por el “Pueblo de Dios”, porquè segùn se decìa era una secta de

Satanàs, me acuerdo palabras textuales que salieron de mi boca, que decia a mi madre:

Cuando yo llegue a un grado superior, serè el verdugo de esta gente”.

El tiempo pasò, la soledad y el sufrimiento fueron mis fieles compañeros y la

persecucciòn familiar, también a mi lado transitò; yo retornaba de la Academia militar

los dias sàbado y volvia los domingos. Un dia empezè a observar ciertos cambios

en mi hogar. Mi madre alegre y feliz y mis hermanos en una paz total, y silenciosamente

comencè a comprobar tal novedad. Luego de ver dicho cambio, a mi hermana

mayor le preguntè, que es lo que estaba pasando, mamà estaba feliz y ustedes ya no se

pelean, que milagro està aconteciendo. Y ella empezò a reirse y en sus risas me decia:

Hace dos años que nosotros perseveramos en el Pueblo de Dios, y mamà, como sabe

tu posiciòn en esta cuestiòn, no te quizo contar”. Y continuò: “Pero hermano tenes que

irte a conocer, no es lo que se dice, la gente es muy especial, se canta, se baila, se profetiza,

es un gozo sin igual” me dijo ella muy feliz.

Mi asombro fuè tan grande, que hasta hoy no lo puedo explicar, no podìa decir

nada, los que mis ojos veìa, impedia a mi boca hablar, esa noche no dormì un sueño,

mi mente estaba confusa, la primera cosa que hice al dia siguiente, fuè preguntar a mi

madre de tal dichoza verdad, y ella con amor y dulzura, me respondiò: “Hijo mio, Dios

existe, ya vez el cambio que hizo por nosotros y Jesucristo cumpliò su promesa que

enviarìa a su Espiritu Santo”, me explicò pormenorizadamente y me ofreciò recibir el

sello del Espiritu Santo.

No me fuè facil llegar en la casa de oraciòn; despuès del quinto intento, la puerta,

se abriò; al entrar en la casa de oraciòn sentì que yo, ya conocìa a toda esa gente,

que venìa a saludarme y me daban la bienvenida, sentì una gran paz interior y encon80

trè el lugar que siempre en mi mente busquè. Ese dia recibì el sello del Espiritu Santo

y el bautismo, y me constituì como hijo de Jesucristo.

Transcurriendo el tiempo rapidamente, naciò en mi corazòn la fuerza y el deseo

de servirle a Dios, y despues de graduarme en la Academia militar como sub-teniente

de aviaciòn, tenia compromiso con la F.F.A.A. por un lado, y por otro el impulso de

mi corazòn, entregarme de alma, mente y corazòn a Dios. Entonces superò el de arriba,

y presentè mi renuncia a mis superiores y abrazè la corona apostòlica cristiana en

el “Pueblo de Dios”, donde me congreguè.

Con mucho respecto y honor, pido disculpa primeramente a mi Patria por esta

elecciòn, haciendo la salvedad de que, si me llamara, volverìa con honor a su defensa y

en segundo lugar a todos mis camaradas por este paso misterioso que tuve que dar.

A Dios mi juventud le entreguè y le servì con todo mi corazòn y honestidad, en

lo material y espiritual y no me arrepiento porquè soy feliz. Con la soledad y el sufrimiento

que eran compañeros tuvimos que separarnos, ya tomè otro camino y a mi

alma la paz arribò.

Mi agradecimiento como padre y tutor al hermano Chingui, que durante esos

nueve años nunca me abandonò y su respaldo siempre me brindò y al camino me

guiò.

Un agradecimiento muy especial a la hermandad de Velletri, Roma, Italia, que

me brindò su apoyo moral y espiritual: “El Rescate” siempre en mi corazòn te llevarè.

Y mi sinceros agradecimientos al hermano Juan Cardoso por esta oportunidad

de testimoniar humildemente la maravilla que en mi vida aconteciò. Dios se lo pague.

Amen

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